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Soliloquios; Neo-Eróstrato.

19 nov 2010


De alguna reunión familiar realizada allá en la Costa Grande del estado, es decir, de Guerrero, a la cual no hube de asistir por motivos no sé si graciosos o desafortunados, trajeron para memoria de esos días, entre otras cosas como frutas rarísimas llamadas tómbolas o cosas absurdas compradas a última hora, un libro; libro por cierto de un tío, al que no conozco y al que llamo tío por mera costumbre de nombrar así los parentescos que no están definidos. Familia al cabo.


Sobre mi inasistencia, hay dos excusas bien razonables y bien tristes; la primera, es que no soy dado a la sociabilidad y por ende carezco de una práctica en el habla que me lleva a reproducir en vez de palabras, sonidos grotescos que no dicen nada. Mejor me callo. No sería entre tanta algarabía más que un bulto silencioso y quizá alcoholizado. Reí hasta desfundarme cuando me hallé descrito en una comedia de Molière (y con el perdón de Molière, que detestaba andar citando autores, pero qué quiere que haga):

"¡Qué poco ingenio tiene esa mujer y qué seca conversación! Cuando me visita, me da martirio, pues hay que sudar para hallar qué decirle, y la aridez de su expresión mata siempre la plática. Vanamente, para atacar su estúpido silencio, se apela a todos los lugares comunes, porque el buen tiempo y la lluvia, el calor y el frío son temas que con ella se agotan pronto. Sus insoportables visitas son de espantosa longitud, y así se pregunte la hora y se bostece veinte veces, ella no se conmueve más que si fuera un trozo de leño."[1]

Hasta ahí la autocompasión, porque en exceso es insoportable. La segunda excusa, es que no quise.

Retomando la intención primaria, el libro al que aludo en el primer párrafo se llama «La noche de San Jerónimo», de la autoría de Gustavo Ávila Serrano, el cual es una crónica sencilla, quizá tanto como aquel ensayo ameno preconizado por Alfonso Reyes, sobre un hecho que apenas en 2005, enlutó al poblado de San Jerónimo, Gro., cabecera del municipio homónimo.

Narra sin alambicamientos, la empresa que acometió una noche el Junior, un joven solitario y verdaderamente misántropo, que no puede dejar de compararse a aquellos estudiantes que en otras latitudes, han tomado un arma y disparado contra sus compañeros de escuela; la diferencia es que, Junior, lo hizo contra sus vecinos, contra los pobladores, sin una razón aparente y que por supuesto no excusa la acción aunque aquélla haya existido; sumiendo a la población en una noche de terror y tensión que duró varias horas. El saldo final, luego de esta acción erostratista, fue de 11 personas muertas y 2 heridas.

Y es que tras un tajo del día que altera familias ¿cómo no evocar a Eróstrato, que cometió la vileza de incendiar el templo de Artemisa no más que para grabar su nombre en la historia?

El autor rememora este hecho como mero observador, y lo deja ahí para quien quiera tomarlo, y agrega, no podrá ser jamás olvidado: las familias dan constancia de ello.


Humberto Flores Ruíz, de 10 meses de edad.
María del Rocío Reyes Ibarra, madre.
Juan Anselmo Rosales Gaspar, padre.
Javier Michelle Rosales Reyes, hijo.
José Manuel Gómez del Río, padre.
Yolanda Baldeolívar Carranza, madre.
Silvia Argentina Gómez Baldeolívar, sobreviviente e hija.
Ricardo Jiménez Arellano, médico.
Omar García de la Cruz, de 17 años.
Roberto Vallejo, relojero.
Leonarda Navarrete Saligán, madre.
Alan Camacho Navarrete de 3 años e hijo.



[1] Molière, El Misántropo.

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La casita de la primavera.

10 ago 2010

La casita de la primavera.*


Entre los pasionales ires y venires de la bugambilia y la emperifollada brevedad del tulipán,
entre las asombradas obleas de la jacaranda y los ardores machos del colorín,
entre la noche portátil del zanate y los pájaros con tatuajes para la danza,
entre su gritería a una lengua, a dos, a tantas (ah, festivo mercado de domingo),
y el tratraca tratraca / trabaja y trabaja de la hormiga panochera,
entre la iguana memoriosa y las adivinanzas del erizo:

Una casita.

Sin paredes.
De nombres madurando bajo la madrugada.
De azules, de verdes carnosos al mediodía.

Una casita.

Con regadera para bañar dos veces el mismo segundo,
con nubes sin domesticar y arco iris en las ventanas.

Una casita.

Donde sea bienvenida la imaginación,
donde sea bienvenida la esperanza y su respiración.




*De Óscar Cortés Tapia.

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La desgracia de ser feo, confesiones.

18 jul 2010

"Ningún ser puede amarme, porque nada hay en mí de simpático ni de dulce", sentencia en la Clemencia de Altamirano el epígrafe de Hoffmann.

Altamirano parece transmitir continuamente en alguno de sus personajes, siempre los más gloriosos -ya Fernando Valle, ya Nicolás-, las propias penas que debió experimentar el joven Altamirano que de tipo indígena no poseía ni la gracia ni las cualidades del Efebo.


Dice de Fernando Valle que "este joven tenía aspecto repugnante y, en efecto, era antipático para todo el mundo" pese a sus múltiples cualidades que pasaban a segundo término bajo la siempre superficial mirada - ¿no está limitado el ojo a observar las puras superficies?- de sus iguales.

En esto Altamirano coincide con Papini, el cual nos deja un párrafo de sus confesiones ciertamente doloroso[1]: "Yo era feo y estaba mal vestido. Con el rostro pálido tenía el aspecto severo del descontento: sentía que nadie me amaba y que nadie podía amarme. El que me miraba, me despreciaba al pasar con todo su ser; algunos se daban vuelta para echar un vistazo al solitario que acababa de desaparecer y se burlaban. Las jóvenes hermosas, sobre todo, de trajes blancos y rojos, de rostro moreno y dientes brillantes, eran especialmente las más crueles: a menudo yo escuchaba a mis espaldas sus risas sonoras. Tal vez no era de mí de quien reían; pero en esos momentos yo estaba seguro y lo sufría."[2]

Hojas más adelante Papini narra cómo se erguía sabedor de su genio[3], "levantaba la cabeza, mi pecho se dilataba y mis ojos miraban con odio y con orgullo los rostros que desfilaban a mi lado. Me sentía otro hombre y quizá en ese momento llegaba a parecer hermoso".

También en esto Papini coincide con los personajes de Altamirano y el propio Altamirano, que ante todo se conservan siempre dignos.


Adenda: Quizá la entrada nace con la identificación, y la intención de externación de las propias desgracias.



[1] Paráfrasis de Aníbal Ponce (sobre Papini).

[2] Giovanni Papini,
Un hombre acabado.

[3] "Soy pequeño, feo y pobre, pero tengo un alma, y esa alma lanzará tales gritos que todo el mundo tendrá que mirarme y escucharme. Yo haré, crearé, seré más grande que los grandes, mientras los demás continuarán comiendo, durmiendo, paseándose como hoy... Cuando yo pase, en cambio, todos me contemplarán, las hermosas tendrán una mirada para mí, las jóvenes burlonas me tomarán las manos, y los hombres serios se descubrirán respetuosamente, teniendo muy en alto su sombrero, cuando sea yo el que pase, yo el grande hombre, el genio, el héroe." Idem.



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