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La Venus Callipyga y más.

22 oct 2010

La Venus Callipyga.*

Hubo en la Grecia dos siracusanas,
Que tenían un trasero portentoso;
Y, por saber la cual de las hermanas
Lo tenía más gentil, duro y carnoso,
Desnudas se mostraron a un perito
Que, después de palpar con dulce apremio,
Ofreció a la mayor su mano, en premio.
Tomó su hermano el no menos bonito
De la menor; alegres se casaron,
y, tras más de una grata peripecia,
En honor de las dos un templo alzaron,
Con el nombre de: >>Venus, nalga recia.>>
No sé con qué intención hubiera sido,
Mas fuera aqueste el templo de la Grecia
Al que más devoción habría tenido.


Los dos amigos.*

Alcibiades y Axioco, compañeros
De cuerpo juvenil, bello y fornido,
Concertaron sus ansias y pusieron
Semillas de su amor en igual nido.
Sucedió que uno de ellos, diligente,
Trabajó tanto a la sin par doncella,
Que una niña nació, niña tan bella,
Que los dos se jactaban igualmente
De ser el padre de ella.
Cuando ya fue mujer y rozagante
Pudo seguir la escuela de su madre,
Al par los dos quisieron ser su amante,
Ninguno de ellos quiso ser su padre.
>>¡Ah! hermano, dijo el uno, a fe os digo
Que es de vuestras facciones un dechado.
-¡Error! el otro dijo; es vuestra, amigo;
¡Dejadme a mí cargar con el pecado!





*Jean de la Fontaine, Cuentos.

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Historia de un hombre raro.

22 sept 2010

Mariano Silva y Aceves es uno de los escritores post revolucionarios -digámoslo así para dar una ubicación temporal- que ha caído en injusto olvido. La divulgación de su obra ha sido escasa por lo que la disposición de la misma en Internet, que a fuerza de la cooperación debería ofrecer algo formidable, es exigua, casi nula.

Con fin entonces de publicar extractos de su obra inéditos para el medio, quise hacer una selección de sus trabajos, los cuales no siguen aquí ningún orden ni escala de mérito alguno.

Historia de un hombre raro, es un cuento en el que asoma sutilmente el carácter irónico de Silva, que narra la vida de un hombre huraño y solitario, misma que transcurre entre el polvo de una mansión casi derruida, libros viejos y una dieta de huevos de gallina, el cual desmitifica la soledad y satiriza lo bohemio, pues cabe decir, Silva rehuía a la pose y la solemnidad innecesaria.


Historia de un hombre raro.*

A Enrique Velasco.

Domingo, el héroe de esta pequeña historia, parecía destinado a representar el pasado dentro del presente, y su existencia entre los hombres hacía el mismo efecto que un ejemplar viviente de faunas desaparecidas, en medio de las especies que lograron una adaptación oportuna con la vida.

Domingo era un abogado de las más raras costumbres, y de los más extraños pensamientos.

Su infancia había corrido bajo férulas inhumanas, como eran las manos sarmentosas de sus dos histéricas tías. Sabía que su padre había figurado en tiempo del Imperio, y que su madre había sido una excelente señora; pero él no los conoció, y su mala fortuna le dio, como fondo lúgubre de los primeros años de su vida, una casona semiderruida, bodegón de antiguallas, en donde todo era viejo, desde el picaporte del zaguán hasta los últimos trastos de la negra y fría cocina.

Esta casona, que por dondequiera enseñaba la polilla, era la habitación de sus dos tías, hermanas solteronas de su padre y con las cuales le había tocado vivir.

La dura disciplina que estas señoras ejercieron sobre la infancia y juventud de Domingo, de miedo que el mundo lo corrompiera y se perdiera para Dios, hizo que el pobre muchacho absorbiera aquel ambiente pretérito y que creciera como una lagartija entre ruinas: arisco, maniático, misántropo...

Sus primeras letras las hizo sobre las faldas de sus tías y ofreciendo constantemente su cabeza, como en sacrificio, a los pescozones y tirones de cabellos con que aquellas manos estimulaban siempre su tardía inteligencia. Después vino a enseñarle latín un viejo cura, amigo de sus tías, que siempre estaba muy sucio y olía muy mal.

La mirada ingenua y resignada de Domingo, en aquellos años de infancia, vio en la llegada del sacerdote la de un verdugo más que se acercaba a él para atormentar su vida; pero pronto se convenció de que había en el mundo personas mucho mejores que sus execrables tías.

Lo que más le llamó la atención en su nuevo maestro fue la manera plácida, elegante y docta con que fumaba los cigarrillos. Apenas abierto el Nebrija sobre la mesa redonda, en que algunas molduras supervivientes conservaban los restos de un antiguo esplendor y que se cubría con un viejo tápalo rameado, bien carcomido por cierto en algunas partes, el buen sacerdote, echándose para atrás en la rechinante y desvencijada silla que le servía de asiento, sacaba de debajo de su verdosa sotana una bolsita de seda azul cerrada por un cordelito de oro. Allí se guardaban tabaco picado y unas hojitas de papel catalán, además de unas tenacillas que parecían de plata; y a medida que el discípulo tartamudeaba declinaciones y reglas, el maestro torcía sus cigarrillos, los sostenía con las finas tenacillas y se ponía a fumar regaladamente, divagando su pensamiento por encima de la hirsuta y desaseada cabeza de Domingo...

Éste, al cabo de los años, llegó a venerar a su maestro, y aprendió el latín suficiente para que sus tías pensaran enviarlo al seminario.

La llegada de Domingo al seminario causó estupor en algunos estudiantes por el carácter huraño que él demostraba, y por su tenaz resistencia a la sociabilidad. Desde entonces ya se pudo notar en él lo que sería cuando grande. Es decir, se delineó como un hombre solitario, despreocupado por el buen parecer ante las gentes, muy dado al estudio, un fumador empedernido y amigo de vivir entre vejestorios y chácharas; que no otra cosa era lo que formaba la herencia de sus memorables tías.

En los años de seminario, los estudiantes sus compañeros le pusieron motes que siempre aludían a sus manías y rarezas, pero él nunca pensó en modificarlas, y, ya identificado con ellas, llegó a los estudios de derecho y se hizo abogado.

Entre sus colegas se distinguió como erudito y sapiente. Cualquier caso trivial que en los principios de su ejercicio le ofrecían sus vecinos o algún viejo achacoso amigo de su familia, siempre lo arrancaba de los más antiguos textos latinos y seguía su tradición por todo el Derecho Romano, y luego por las viejas leyes españolas, de tal suerte que, cuando llegaba al derecho actual, casi siempre sucedía que el caso se había resuelto por sí solo o con ayuda del celoso contrario. Esto hizo que la naciente clientela lo abandonara; lo que para él no tuvo, al parecer, importancia alguna.

Instalado en la vieja casona, destartalada y ruinosa más que en tiempo de sus tías, vivía Domingo la vida de un eremita, alimentándose con huevos de gallina, leyendo constantemente sus libros viejos y fumando sin cesar, cigarro tras cigarro, con ansia incontenible. Por toda compañía en aquel caserón tenía una gata morisca que vivía todo el año de los ratones que cazaba.

De cuando en cuando salía Domingo a la calle, más para proveerse de huevos y cigarros, que por deseo de ver a los hombres o saber de la historia contemporánea. En una de estas salidas lo encontró un antiguo colega del seminario, ahora hombre afortunado en la política y los negocios, que lo invitó a formar parte de su bufete como "consultor", o sea, para que surtiera de oportunos y sonoros latines los alegatos que se ofrecieran. Nuestro Domingo asintió como a la cosa más natural, y a los pocos días se le vio llegar a la oficina, con su astroso levitón y su grasiento sorbete, con un libro bajo el brazo y un paquete en la mano que contenía media docena de cucharillas de plata -el tesoro de sus mayores- que iba a guardar, para mayor seguridad, en la caja fuerte de su amigo.

En esto sobrevino un año de peste y Domingo hacía dos días que no se presentaba en la oficina. Después de pensarlo, su amigo el abogado se resolvió a visitarlo en su casa, y un buen día llegó, conducido por los vecinos, hasta la habitación de Domingo. Al abrir la puerta pareció que el cuarto respiraba, próximo a asfixiarse; pues tal cantidad de humo había dentro que casi no se veía. Sobre un lecho desmantelado yacía el original jurisconsulto, teniendo a su derecha un montón de cascarones de huevo y a su izquierda otro montón de colillas de cigarro. Él, en medio de estos túmulos, que eran como las dos cumbres de su vida, y a través de aquella atmósfera azulada, como de paisaje submarino, sonreía beatíficamente a su amigo, cuando lo vio llegar, al tiempo que señalaba la página de su lectura, en el viejo infolio que apoyaba sobre el pecho, con la última colilla de cigarro que, todavía encendida, desprendió de sus labios y aprisionó en el libro...

¡Domingo nunca había estado enfermo; la salud de Domingo era de roble!





*Mariano Silva y Aceves, Muñecos de cuerda.

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La ciudad que amaba a sus mascotas.

29 abr 2010

Se dice que alguna vez, los dueños perdieron el control sobre sus mascotas, pues ya no tenían tiempo de atenderlas. Entonces, se suscitaron toda clase de problemas: heces de mastines arriba de las camas, chihuahuas en fuga al abrirse las puertas, labradores que se comían las plantas de los patios y hasta gatos que bebían rompope.

Esto preocupó a todos y se llevó a cabo una reunión de emergencia. Ahí se escucharon propuestas de todo tipo, algunas tan absurdas y anacrónicas como que las mascotas debían ser alimentadas, o algunas todavía más disparatadas, que pedían darles tiempo aún a costa de los propios pasatiempos.

-¡Eso es cosa del p
asado! -refutó uno- ¡Nada justifica renunciar a nuestro progreso!
- ¡Sí, sí!, le corearon.


Una joven de ojos tristes que amaba a s
u mascota, escuchaba todo absorta.

Y cuando un imbécil peroraba sobre los cuidados qu
e necesitaban los animales, sobre su calidad de seres y demás groserías del tipo, levantó la mano un sabio y todos callaron, incluído el imbécil. Habló el sabio:

- La solución es muy simple; sin embargo he dejado que hablaran para que satisficeran su
sed de queja y hablo por último para no verme en el peligro de ser interrumpido.

"Decía, la solución es muy simple: matar a todas las mascotas -la joven se estremeció-. Y con ello, haremos no sólo un bien a la ciudad, sino a las mascotas mismas, que han de verse libradas de sus tormentos. Prever a los animales es inútil y representa un gasto inmenso, el cual no se ve retribuido ni da peculio alguno, ¿por qué entonces debemos seguir sosteniendo tal inutilidad? ¡Simplemente no debemos!, lo que debemos es matarlos y al matarlos obramos no sólo en favor nuestro, sino de los animales, sobre todo de los animales.

"Estos seres desdichados, sufren con las penas que les impuso la naturaleza, y con el horror de saberse inferiores a nosotros. Sufren por no ser humanos, la cual debe ser una pena inmensa apenas equiparable con las peores tragedias humanas. Lo que se pide de nosotros es un acto altruista, pues esa desbandada de mascotas, esa rebeldía, esos destrozos que causan no representan sino una cosa: sus gritos, su ruego mudo porque finiquitemos sus tormentos. Y nosotros no debemos ignorar tales lamentos.

"Los que nos preciemos de sensibles, de altruistas, de virtuosos y en fin, de humanos, debemos ver en esto una obligación moral, algo insoslayable y asumir que es imperativo matarles; el no hacerlo no sólo sería promover el daño que estos bichos hacen a la humanidad, sino, y sobre todo, sería al ignorar sus desdichas, un acto inmoral por ir en contra de toda bondad y de las leyes cristianas, cosa digna sólo de delincuentes y lunáticos.

"Un inmoral, un delincuente de la peor insensibilidad será todo aquel que se oponga a esto.

-¡Es cierto! -gritó uno- ¡Viva el sabio!
- ¡Viva el sabio!- gritaron todos, incluída la joven de los ojos tristes. Los únicos que se opusieron fueron sólo un par de desadaptados, los mismos que habían hablado antes. El tumulto los calló. Se promulgaron nuevas leyes.


Se estipuló que a primera hora del día siguiente, debía acabarse con todas las mascotas, no sin antes llevar a cabo algún ritual al gusto. Algunos no pudieron esperar y los apalearon esa misma tarde, fueron los más altruistas entre todos; los que esperaron hasta el siguiente día envidiaron la virtud de aquéllos.


Respecto de los que se opusieron, fueron decapitados en la plaza pública el mismo día, por promover la violencia y alterar la paz reinante.

La virtud y la bondad se vieron por todos los rincones al día siguiente.

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De los solitarios.

24 abr 2010

Recientemente mudé de ciudad y en el acto, he tenido que hacerlo de escuela, sin embargo, diría que lo hice al tálamo de la soledad. No he podido establecer no ya una amistad, sino al menos, un compañerismo que permita hacerme de las actividades atrasadas. En teoría, los únicos amigos que tengo -un par apenas-, quedaron en la vieja ciudad, es decir, a kilómetros de distancia, o lo mismo que decir ninguno.

Aquí, mis compañeros me parecen llanos e insulsos, y no es muy diferente la idea de los mismos sobre mí. Sin embargo, y merced a gastar mis horas de recreo y solaz en observar la actividad de mis iguales, descubrí entre ese arrebañamiento, un extraño efebo que despertó mi interés; un tipo solitario del aula de junto, mezcla de inteligente, tímido y vago, coronado por el halo de misterio del que habla poco, que otros calificarían como estupidez.

Lo encontré leyendo un día apenas tocado el timbre tumbado entre los tulipanes, lo observé desde entonces; la similitud que encontraba con mis cualidades y aficiones, me suscitó simpatía. Le rondaba disimuladamente, fingía hacer algo; le seguía cuando menos, con la mirada. Ora leía Platón ora Chéjov; ora fumaba ora hacía nada. Siempre solo. Contrario a mí, juzgué que la soledad no le pesaba.

Todo sin embargo fue a la distancia, pues no reuní nunca las cualidades para iniciar conversación alguna.

Puesto que leer para matar el tiempo en la escuela no me pareció mala idea, desde hace unos días he llevado libros para ocuparme. Hoy, mientras leía el Lambert de Balzac, y cuando todos corrían acuciados por el timbre, se detuvo como examinándome e hizo una pregunta de rigor:
-¿Te gusta Balzac?
Asentí, también con rigor.

Halló un resquicio y se sentó frente a mí.
- ¿Has leído con fruición, el mismo libro, en la misma banca...? Dijo aludiendo a Lambert no para esperar respuesta sino para demostrar que lo conocía. Sonreí. Se complació y se despidió.

Minutos más tarde cuando húbose ido, noté que había olvidado un par de libros. Los hojeé. Uno parecía en realidad ser una especie de apuntes. El último texto había sido añadido hoy, leí. Decía lo siguiente:

(Traicionero sopor; continuará).

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De cómo se lamentaba el Diablo.

30 mar 2010

Era Teloloapan un poblado pequeño, dividido apenas en unos cuantos barrios y colonias; la hoy denominada colonia Benito Juárez era entonces una colonia in fieri, de dispersas y solitarias casas, apostándose en su orilla -que en consecuencia también era orilla de la ciudad-, la de mi familia.

Eramos -y como era común- una familia de campesinos, de formas recias y adustos gestos, pero al fin -el resto de la familia al menos- bondadosos, con la bondad y altruismo inherentes al que ya sufridas las mil vicisitudes sabe entender las de sus pares.



Yo, que no era ningún Benjamín sino el mayor de los hermanos, me ocupaba junto con mi padre en las más laboriosas y en esfuerzo pedigüeñas actividades. Así, partía a tempranas horas -cuando ni cielo ni tierra podían señalarse en el horizonte-, dirigiéndome donde las tierras, ora en bestia ora a pie.

Cosa común era encontrarme, y más en tanto menos lejos, iguales que a igual rutina partían. Luego, sin embargo, me volvía a encontrar solitario, hendiendo el ruidoso silencio del monte con el choque de mis aperos.

El Chicuicuitl -o Chicuicuilt- era un cerro obligado a mi paso y que veía entonces los albores de esa urdimbre de historias alrededor de sí. Por supuesto tales historias eran apenas de dominios familiares y cuando más, vecinales, donde figuraba -monopolizando- como protagonista un embravecido venado en celo que desde la cima veloz bajaba y feroz -previo a la aurora-, a enfrentar a los andantes, que exaltados atribuían al hecho no menos que la patentización del inframundo.

Yo, que tenía por pasatiempo trepar hasta la cima y adentrarme en las cuevas que en la misma había, sabía la falsedad de las historias y asimismo divertíame con ello. Pero cuando el Chicuicuitl empezaba a adquirir notoriedad y los relatos de los hechos en él sucedidos comenzaban a fijarse entre las gentes, desapareció el venado que lo estimulaba todo. Viendo que eso significaba el olvido inminente y característico de lo no consolidado, traté de hallar la forma de alimentar el naciente mito, ideando un plan que ponía en marcha al siguiente día.

Elegí a Domingo U., joven ufano que jactábase de valor y bravura e inclinado al fasto, haciéndolo acompañarme hasta la punta del cerro con fin de dilucidar el misterio que de la misma emanaba, narrando en pos de encender su ánimo, los lamentos que provenientes de ella, recientemente azoraban a los caminantes. No negándose, emprendió conmigo el trayecto, sin sospecha de su infeliz destino. Oh proceder horroroso, ¡Lanzarlo del escabroso pico cual roca tarpeya nada era comparado con lo ahí cometido!

Luego de seguirme por los sinuosos despeñadores que adquieren aspecto más intimadante en el lado oculto al camino, le mostré uno de mis hallazgos: una cueva que oculta por las rocas salientes no podía ser vista sino desde el punto donde nos hallábamos. La disposición natural de la cueva junto con las formas de las salientes, le hacían un lugar excelente para crear ecos. Nos apresuramos a llegar a ella; dejé que satisficiera su curiosidad. Le observé; y cuando pretendía ser tragado por la oscuridad adentrándose en los pasillos de esa boca, le dije:
- No es ahí donde está lo que nos interesa.
- ¿Qué dices?
- He encontrado el lugar de donde quizá provengan todos los misterios -dije-, y no es allí dentro, sino aquí mismo.
Me miró con sorna.
Bajo esa piedra -agregué al instante. Ayúdame a levantarla y lo comprobarás tú mismo.

Era una piedra vulgar tendida al pie del muro con una parte totalmente cubierta por el bosque que allí crecía. Nada peculiar tenía y se mimetizaba con el resto. La movimos con gran esfuerzo y una hórrida concavidad quedó al descubierto; el bosque de junto no había permitido ver el hueco que la piedra no alcanzaba a ocultar. Le pregunté si podíamos bajar, pero la respuesta fue una mirada de horror, a lo cual hice un gesto de decepción que logró avivar su orgullo. Manifestó entonces que lo examinaría más de cerca para determinar tal posibilidad.

Se hincó al borde del foso y cuando se disponía a decirme algo lo lancé a las tinieblas. La dicha concavidad no era profunda y sin embargo era imposible escapar de ella.

Domingo me dirijió -y como era de esperarse- un hato de improperios, empero al despedirme de él, estos se trocaron en lastimeros gritos. Más todo estaba hecho, sus bramidos eran deformados por los ecos y no pasaban por humanos. Corrí a propagar la noticia, que era que el Diablo mismo, se lamentaba en aquel cerro; y en efecto, el público los tomó por tales.

No contento con eso y para atormentar al desgraciado, me dispuse durante un tiempo a alimentarlo, pues ello me garantizaba no sólo la prolongación de su vida, sino también la de sus lamentos y con ello las probabilidades de que estos fueran escuchados.

Después de un tiempo no se le escuchó plañir más, pero no importaba: la leyenda había nacido.*




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