Historia de un hombre raro.

22 sept 2010

Mariano Silva y Aceves es uno de los escritores post revolucionarios -digámoslo así para dar una ubicación temporal- que ha caído en injusto olvido. La divulgación de su obra ha sido escasa por lo que la disposición de la misma en Internet, que a fuerza de la cooperación debería ofrecer algo formidable, es exigua, casi nula.

Con fin entonces de publicar extractos de su obra inéditos para el medio, quise hacer una selección de sus trabajos, los cuales no siguen aquí ningún orden ni escala de mérito alguno.

Historia de un hombre raro, es un cuento en el que asoma sutilmente el carácter irónico de Silva, que narra la vida de un hombre huraño y solitario, misma que transcurre entre el polvo de una mansión casi derruida, libros viejos y una dieta de huevos de gallina, el cual desmitifica la soledad y satiriza lo bohemio, pues cabe decir, Silva rehuía a la pose y la solemnidad innecesaria.


Historia de un hombre raro.*

A Enrique Velasco.

Domingo, el héroe de esta pequeña historia, parecía destinado a representar el pasado dentro del presente, y su existencia entre los hombres hacía el mismo efecto que un ejemplar viviente de faunas desaparecidas, en medio de las especies que lograron una adaptación oportuna con la vida.

Domingo era un abogado de las más raras costumbres, y de los más extraños pensamientos.

Su infancia había corrido bajo férulas inhumanas, como eran las manos sarmentosas de sus dos histéricas tías. Sabía que su padre había figurado en tiempo del Imperio, y que su madre había sido una excelente señora; pero él no los conoció, y su mala fortuna le dio, como fondo lúgubre de los primeros años de su vida, una casona semiderruida, bodegón de antiguallas, en donde todo era viejo, desde el picaporte del zaguán hasta los últimos trastos de la negra y fría cocina.

Esta casona, que por dondequiera enseñaba la polilla, era la habitación de sus dos tías, hermanas solteronas de su padre y con las cuales le había tocado vivir.

La dura disciplina que estas señoras ejercieron sobre la infancia y juventud de Domingo, de miedo que el mundo lo corrompiera y se perdiera para Dios, hizo que el pobre muchacho absorbiera aquel ambiente pretérito y que creciera como una lagartija entre ruinas: arisco, maniático, misántropo...

Sus primeras letras las hizo sobre las faldas de sus tías y ofreciendo constantemente su cabeza, como en sacrificio, a los pescozones y tirones de cabellos con que aquellas manos estimulaban siempre su tardía inteligencia. Después vino a enseñarle latín un viejo cura, amigo de sus tías, que siempre estaba muy sucio y olía muy mal.

La mirada ingenua y resignada de Domingo, en aquellos años de infancia, vio en la llegada del sacerdote la de un verdugo más que se acercaba a él para atormentar su vida; pero pronto se convenció de que había en el mundo personas mucho mejores que sus execrables tías.

Lo que más le llamó la atención en su nuevo maestro fue la manera plácida, elegante y docta con que fumaba los cigarrillos. Apenas abierto el Nebrija sobre la mesa redonda, en que algunas molduras supervivientes conservaban los restos de un antiguo esplendor y que se cubría con un viejo tápalo rameado, bien carcomido por cierto en algunas partes, el buen sacerdote, echándose para atrás en la rechinante y desvencijada silla que le servía de asiento, sacaba de debajo de su verdosa sotana una bolsita de seda azul cerrada por un cordelito de oro. Allí se guardaban tabaco picado y unas hojitas de papel catalán, además de unas tenacillas que parecían de plata; y a medida que el discípulo tartamudeaba declinaciones y reglas, el maestro torcía sus cigarrillos, los sostenía con las finas tenacillas y se ponía a fumar regaladamente, divagando su pensamiento por encima de la hirsuta y desaseada cabeza de Domingo...

Éste, al cabo de los años, llegó a venerar a su maestro, y aprendió el latín suficiente para que sus tías pensaran enviarlo al seminario.

La llegada de Domingo al seminario causó estupor en algunos estudiantes por el carácter huraño que él demostraba, y por su tenaz resistencia a la sociabilidad. Desde entonces ya se pudo notar en él lo que sería cuando grande. Es decir, se delineó como un hombre solitario, despreocupado por el buen parecer ante las gentes, muy dado al estudio, un fumador empedernido y amigo de vivir entre vejestorios y chácharas; que no otra cosa era lo que formaba la herencia de sus memorables tías.

En los años de seminario, los estudiantes sus compañeros le pusieron motes que siempre aludían a sus manías y rarezas, pero él nunca pensó en modificarlas, y, ya identificado con ellas, llegó a los estudios de derecho y se hizo abogado.

Entre sus colegas se distinguió como erudito y sapiente. Cualquier caso trivial que en los principios de su ejercicio le ofrecían sus vecinos o algún viejo achacoso amigo de su familia, siempre lo arrancaba de los más antiguos textos latinos y seguía su tradición por todo el Derecho Romano, y luego por las viejas leyes españolas, de tal suerte que, cuando llegaba al derecho actual, casi siempre sucedía que el caso se había resuelto por sí solo o con ayuda del celoso contrario. Esto hizo que la naciente clientela lo abandonara; lo que para él no tuvo, al parecer, importancia alguna.

Instalado en la vieja casona, destartalada y ruinosa más que en tiempo de sus tías, vivía Domingo la vida de un eremita, alimentándose con huevos de gallina, leyendo constantemente sus libros viejos y fumando sin cesar, cigarro tras cigarro, con ansia incontenible. Por toda compañía en aquel caserón tenía una gata morisca que vivía todo el año de los ratones que cazaba.

De cuando en cuando salía Domingo a la calle, más para proveerse de huevos y cigarros, que por deseo de ver a los hombres o saber de la historia contemporánea. En una de estas salidas lo encontró un antiguo colega del seminario, ahora hombre afortunado en la política y los negocios, que lo invitó a formar parte de su bufete como "consultor", o sea, para que surtiera de oportunos y sonoros latines los alegatos que se ofrecieran. Nuestro Domingo asintió como a la cosa más natural, y a los pocos días se le vio llegar a la oficina, con su astroso levitón y su grasiento sorbete, con un libro bajo el brazo y un paquete en la mano que contenía media docena de cucharillas de plata -el tesoro de sus mayores- que iba a guardar, para mayor seguridad, en la caja fuerte de su amigo.

En esto sobrevino un año de peste y Domingo hacía dos días que no se presentaba en la oficina. Después de pensarlo, su amigo el abogado se resolvió a visitarlo en su casa, y un buen día llegó, conducido por los vecinos, hasta la habitación de Domingo. Al abrir la puerta pareció que el cuarto respiraba, próximo a asfixiarse; pues tal cantidad de humo había dentro que casi no se veía. Sobre un lecho desmantelado yacía el original jurisconsulto, teniendo a su derecha un montón de cascarones de huevo y a su izquierda otro montón de colillas de cigarro. Él, en medio de estos túmulos, que eran como las dos cumbres de su vida, y a través de aquella atmósfera azulada, como de paisaje submarino, sonreía beatíficamente a su amigo, cuando lo vio llegar, al tiempo que señalaba la página de su lectura, en el viejo infolio que apoyaba sobre el pecho, con la última colilla de cigarro que, todavía encendida, desprendió de sus labios y aprisionó en el libro...

¡Domingo nunca había estado enfermo; la salud de Domingo era de roble!





*Mariano Silva y Aceves, Muñecos de cuerda.

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Una carta suicida.

13 sept 2010


No reconozco entre mis intereses, ninguno tan desmesurado como el del suicidio. Pero no el suicidio concebido lóbrego, ni como romántico ni como trágico, sino el suicidio visto más ampliamente, policromo, chocante, despojado si se quiere de la celebridad que le han otorgado sus más insignes practicantes.

Lejos por ello de esa fácil inclinación de genializarlo o esa otra de vituperarlo, pues no hace el suicidio ni genios ni hace idiotas. Me interesa, mejor, como fenómeno en sí, con sus más aisladas expresiones, de suyo excepcional e interesante.

Por una arista, decía Camus que no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.
[1]

Es que el suicidio es, de por sí, un argumento palpable contra el argüir que predica un valor categórico de la vida, luego entonces:

¿Vale la pena la vida de ser vivida? ¿Por qué?

Las respuestas chocan, irreconciliables. Se debe reducir entonces a un juicio individual, más que nada por integridad, a no desear un zapatazo en la cabeza.

Pero no termina mi interés ahí, es decir, le restan innúmeras aristas, tantas que no dejan de asomarse nunca. Un ensayo de Aníbal Ponce por ahora, es la muestra.

A Ponce lo rescaté del polvo en la biblioteca de mi casa, con "un ensayo de gran interés científico y hasta literario", según la propia introducción.

En su obra Ambición y angustia de los adolescentes, que cabe acotar está lejos de encuadrarse en el boom actual de la literatura dirigida a adolescentes que el título parece anunciar, se halla una carta que al ser descubierta determinó el suicidio de una jovencita.

Si bien ésta se encuentra en el capítulo de "Los afectos equívocos", el más anticuado para la actualidad pues concibe toda divergencia de la heterosexualidad en la adolescencia como equívoca, no deja de ser el mismo digno de lectura, así como el ensayo en su totalidad.

Transcribo al propio Ponce, que dice:

>> A través de estos versos -hay que llamarlos de algún modo- las "llamas"
[2] no han subido muy arriba o nos parece por lo menos así porque las hemos desprendido de los incidentes de una "amistad" que tiene quizá en cada frase su alusión transparente. Escuchen[3] ahora esta carta, extraída de una correspondencia que llegó íntegramente hasta mis manos y que tiene un enorme interés porque al ser descubierta determinó el suicidio de una jovencita.


"¡Vida mía! ¡Si supieras qué noche he pasado! No sé, Angélica, los celos me matan. Dímelo con franqueza, tú no me quieres como antes, ni siquiera menos. Lo sé, mi vida, por la manera como hablas de Raúl. ¿Lo amas? ¿Más que a mí? No me lo niegues. Mi corazón me lo dijo. Si al menos pudiera olvidarte, desechar tu imagen de mi mente, sería otra cosa. Dímelo sinceramente, Angeliquita. No te reprocharé nada, te repito que no quiero interponerme en tu felicidad. Lo único que te aseguro es que siempre encontrarás en mí una amiga en quien confiar tus penas. ¿Por qué no me sacas de dudas? ¿No comprendes que la vida se me hace cada vez más imposible? Tú no eres la de antes, cariñosa, consecuente... ¡Has cambiado tanto! Te has negado a ser mía, ¿por qué? ¿Tienes miedo? ¿O no me amas? Si quieres, Angélica, que siga confiando en tu amor hacia mí, dame una prueba de él. ¡Pero es imposible, mi vida! Quisiera odiarte y no puedo. Quisiera olvidarte y no puedo. Tú significas mucho para mí. Has venido a representar un papel muy importante en mi vida. Y ahora es tarde para que lo abandones. Quiero, Angélica, que me escribas una carta como la de aquella vez, ¿te acuerdas? Cuando la leía estaba no en el séptimo, sino el noveno o en el décimo cielo. ¡Quisiera que viviéramos consagradas una a la otra! ¡Que fueras mía! ¡Cómo te querría! Sería para ti más que una esclava. Podrías hacer de mí todo lo que quisieras. Pero... olvidemos esas quimeras imposibles. Bien sabes que entre las dos ha nacido una barrera infranqueable para mí: Raúl. Si supieras cómo me hirió la frescura con que me dijiste que Raúl te había besado y abrazado... Por lo que más quieras no te vuelvas a sentar en sus rodillas.

En las tinieblas de mi vida
surgiste cual luz divina
que alegró con gran vehemencia
mi amargado corazón.
Para desaparecer después
entre brumas del olvido
dejando mi pobre ama
más triste que antes, aún.

¿Qué te parece? Este verso lo hice yo para ti. ¿No está igual que la realidad?

Si algún día
hiriera Cupido tu corazón,
de nuevo hacía mí,
regresa confiada,
que encontrarás siempre fiel
el mismo y ardiente amor
del pasado y del presente.

Éste no está mal, ¿no es cierto? Perdóname si soy muy presuntuosa. Pero qué quieres que haga. Te amo demasiado. Tuya, LAURA." >>






[1] Albert Camus, El mito de Sísifo.

[2] Ponce traduce en la palabra "llamas", los términos italiano fiamma y francés flammes, referentes en la amistad juvenil en adolescentes del mismo sexo, a una tendencia ajena en absoluto a la simpatía, "cuya tendencia sexual, se entremezcla tan vivamente a esas manifestaciones del sentimiento tierno que engendra de por sí un fenómeno nuevo, normal en la evolución de los adolescentes, que los psicoanalistas no vacilan en clasificar de homosexual, y para el cual muchos idiomas tienen palabras especiales." Aníbal Ponce, Ambición y angustia de los adolescentes.

[3] La obra es una reproducción casi literal de alguno de los cursos que dictó Ponce, en el Colegio Libre de Estudios Superiores de Buenos Aires.


*Dato aparte, Camus y Aníbal Norberto Ponce, encontraron una muerte muy similar.

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Metáfora de lo cristiano.

2 sept 2010


Hay en Teloloapan un viejo castillo recuerdo de viejas glorias y viejas injusticias, todo en él es viejo, pero finalmente valioso, como reliquia en sí.

Fue construido por un cacique local al que suele darse la descripción de bondadoso antes que la de explotador, dador de tierras, pues acaparaba muchas. En fin, que quitaba pero luego daba, que pegaba pero sobaba y al cual por su
mesiánico altruismo, se le tiene hoy todavía en gran estima, sobre todo entre las personas llamadas cultas.

Así le describía a Patricio la historia de la construcción al pasar frente a ella, cuando de pronto rompió a carcajadas.

Observando mi desconcierto, me compartió la razón.

- ¿Pegaba pero sobaba? -preguntó.
- Sí -respondí-, y el consuelo luego del golpe sabía mejor por estar la carne abollada.
- ¡Curioso! -dijo- El sufrimiento da la sensación de mayor valor a las cosas... Pero es una manipulación malsana. Es realmente aterrador ponderar al sufrimiento como fórmula de la felicidad, como purificación a la manera del mártir... ¡todos quieren ser mártires!, como si el sufrimiento otorgase por sí mismo una elevación excepcional.

Hizo luego un gesto de desagrado y volviendo a reír, trajo a recuerdo el William Morifeld de Wilde, "aquel filántropo que ganaba 400 libras esterlinas anuales explotando a sus obreros y quería restituirles 500 en forma de subvenciones a los hospitales, y asilos de ancianos."
*



*Óscar Wilde, El viejo ovispo.

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¡Los valientes no asesinan!

22 ago 2010


(Para los que deseen mayores datos sobre Guillermo Prieto y el contexto de su frase "¡los valientes no asesinan!", den click aquí: Complementos a Guillermo Prieto. )

Mi estro ha muerto, o nunca lo tuve.

Sin embargo y merced a los más recientes acontecimientos relacionados con la violencia del narcotráfico en Teloloapan -lugar donde resido-, donde uno de esos grupos que tiene por ley matar y no ser matado disparó de manera indiscriminada a una multitud indefensa de civiles -la mayoría jóvenes-, tuve por recordar un episodio de la historia de México, cuando el ejército conservador tomó prisionero a Benito Juárez y se dispuso a fusilarlo, desistiendo finalmente en el "¡preparen!, ¡fuego!", gracias a la feliz intervención de Guillermo Prieto, quien se interpuso gritando la ya célebre frase "¡los valientes no asesinan!"[1], ofreciendo su propia vida a cambio de la de Juárez.

Los soldados, por supuesto, bajaron los fusiles y se retiraron, acusando dignidad y valentía.
[2] Muy lejos de eso están los sayones modernos, que sí atentan y asesinan, aun al indefenso, sobre todo al indefenso.

Así, transformada por otra realidad desfigurada, la expresión de Prieto vendría a ser: "¡los cobardes sí asesinan!". (Y están en Teloloapan.)






[1] "El Sr. Juárez que estaba en la puerta, a la voz de 'apunten', se hizo hacia atrás su cabeza y esperó... Rápido tomé al Sr. Juárez de la ropa, lo puse a mi espalda y lo cubrí con mi cuerpo... abrí mis brazos... y ahogando la voz de 'fuego', grité: ¡levanten esas armas!, ¡levanten esas armas!, ¡los valientes no asesinan!... ¿Quieren sangre? ¡bébanse la mía!... y alzaron los fusiles." Guillermo Prieto.
Apud Carlos Monsiváis,
A ustedes les consta: antología de la crónica en México.

[2].- La línea huele a rancio. Habrá quien interponga al mérito de Juárez, el argüir de una luenga estancia en el poder, que de no ser truncada con la muerte concluiría en dictadura. Pero nada es monocromático, y si lo dicho opaca lo logrado, lo logrado minimiza lo citado. Finalmente, al mérito, mérito.


Por otro lado, quienes tienen interés desmesurado por sobreponer el demérito -que es lo menos- al mérito -que es lo más-, suelen ser por ejemplo, quienes abogan por decir algo, por la sacralización de Iturbide, que se halla en situación contraria, aunque bien es cierto, tiene puntos a favor.

Bien es hacer a un lado sacralizaciones como demonizaciones.

Adenda: soy de robar ideas: la lista de blogs al final de la columna derecha, tomada de blogger L.R. ¡Gracias!

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La casita de la primavera.

10 ago 2010

La casita de la primavera.*


Entre los pasionales ires y venires de la bugambilia y la emperifollada brevedad del tulipán,
entre las asombradas obleas de la jacaranda y los ardores machos del colorín,
entre la noche portátil del zanate y los pájaros con tatuajes para la danza,
entre su gritería a una lengua, a dos, a tantas (ah, festivo mercado de domingo),
y el tratraca tratraca / trabaja y trabaja de la hormiga panochera,
entre la iguana memoriosa y las adivinanzas del erizo:

Una casita.

Sin paredes.
De nombres madurando bajo la madrugada.
De azules, de verdes carnosos al mediodía.

Una casita.

Con regadera para bañar dos veces el mismo segundo,
con nubes sin domesticar y arco iris en las ventanas.

Una casita.

Donde sea bienvenida la imaginación,
donde sea bienvenida la esperanza y su respiración.




*De Óscar Cortés Tapia.

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Pervigilium Veneris: Las vísperas de Venus.

Por Mariano Silva y Aceves.[1]


La traducción que hoy se publica tiene para mí el único mérito de ser la primera que posee la lengua castellana.

Tanto la fecha como el autor de este poema pagano son todavía en la actualidad problemas que la erudición latina no ha resuelto satisfactoriamente. De algún verso parece desprenderse que fue escrito para la víspera de una fiesta primaveral de tres noches en honor de Venus, pero la fecha de ese festival no se sabe.

Se ha supuesto que por hablarse de Hybla como lugar de la fiesta, el poeta era siciliano; también por sus galas retóricas se le ha hecho africano y aun se cree que sea el mismo Apuleyo; otros por analogía lo atribuyen a Annius Florus que vivió en tiempo de Adriano. Es en todo caso un poema de la época de decadencia cuyo latín tiene para algunos espíritus atractivos singulares.

Mr. Cecil Clementi, con una copia de los únicos dos códices en que nos ha llegado el poema, el Salmasianus y el Thuaneus o Pithoeanus de la Biblioteca Nacional de París, preparó una magnífica edición del Pervigilium con traducción en verso, introducción, apparatus criticus y notas, que vino a publicarse en Oxford en 1911. He sido afortunado en poderme valer de esta edición tanto para la traducción como para tener el texto latino después de una cuidadosa labor depurativa.


Mi traducción, como todas, empaña el original; pero en medio del abandono general en que tenemos la cultura antigua, representará algún esfuerzo. Y ojalá parezca bien que esta nueva revista literaria
[2] ofrezca desde sus primeras páginas una obra de seriedad en las letras y de alegría pagana en el espíritu.



Las vísperas de venus.


Ya viene la nueva primavera, la primavera que canta. En primavera nació el mundo y los amores se enlazan y los pájaros se juntan y el bosque ofrece su cabellera a las lluvias fecundantes. La que concierta los amores hará mañana que las cabañas reverdezcan con las ramas del mirto entre las sombras de los árboles. Mañana Dione dictará sus leyes desde un excelso trono. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.

Mañana será cuando el Éter primitivo haga las bodas para que el Padre pueda crear todo el año con las nubes. La lluvia bienhechora escurrirá en el seno de su consorte pura y de allí ha de salir un fruto mezclado del que todo emanará con gran potencia. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.


El océano en la ligera espuma, entre los monstruos marinos y los caballos de dos pies, hizo salir de su sangre a la ondulante Dione de las aguas del mar. Ella como progenitora gobierna los sentidos y la mente haciendo penetrar su agudo espíritu con una fuerza misteriosa y por el cielo y por la tierra y por el mar sometido, derrama su virtud fecundante y hace que el mundo sepa los modos de engendrar. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.


Ella con botones de flor pinta el año de púrpura y con el soplo de Favonio convierte en nudos prolíficos las yemas que revientan. Ella también con el vientecillo que queda en la noche riega las aguas vaporosas del brillante rocío. Mirad cómo lucen las lágrimas temblorosas próximas a caer. Cada gota, semejante a un mundo pequeño, lleva consigo su destino. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.


Mirad cómo el carmín de las flores acusa su pureza. La humedad que los astros esparcen en las noches serenas, por la mañana cubre los tiernos botoncillos con un manto de rocío. Ella también mandó que en la mañana las frescas rosas virginales se desposaran. Por eso hizo la rosa de sangre Paphia y de besos de amor y de pimpolios y de flamas y de rayos de sol para que mañana ya casada no se avergüence de cumplir su único voto entregando los colores que tenía encubiertos con un manto de fuego. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.


Ella, como diosa, estableció que las ninfas fueran al bosque acompañando a las doncellas. Apenas se puede creer que el Amor ande allí descansando y haya dejado sus flechas. ¡Valor, ninfas! Ya entregó las armas el Amor, hoy no trabaja. Está ordenado que no se lleven armas. El mandato es ir desnudos para que nadie haga daño con el arco, ni con las saetas, ni con el fuego. Ninfas, sed cautas sin embargo porque Cupido es bello y cuando el Amor está sin armas es cuando está mejor armado. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.

Venus, que por la nobleza se te iguala, ¡oh Diana!, envió a ti sus doncellas a decirte: una sola cosa te pedimos, ¡oh virgen Delia!, y es que ya no ensangrientes el bosque con la matanza de fieras para que extienda la sombra de sus árboles a las flores que nacen. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.

Ella misma quería suplicarte para vencer tu escrúpulo. Ella misma quería que te allegaras para ganar tu temor. Durante tres noches hubieras visto entonces los coros de fiesta andar agrupados por tus montes y coronados de flores entre las cabañas cubiertas de mirtos. Y ni Ceres, ni Baco, ni el dios de los poetas hubieran faltado de allí. Toda la noche se habría pasado sin dormir entonando este cántico: ¡Que Diana reine en las selvas y Delia se someta! Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.


Mandó la diosa poner su tribunal entre las flores de Hybla y ella misma recibe allí las quejas a presencia de las Gracias. ¡Oh Hybla, ofrece tantas flores cuantas el año traiga! ¡Oh Hybla, que tu manto florido sea tan grande como las faldas del Etna! Vendrán las ninfas del campo y las del monte y las que habitan las selvas y los bosques y las fuentes. A todas mandó asistir la madre del alado niño y las previno contra las armas del amor desnudo. Ame mañana el que jamás ha amado y el que ha amado ame mañana.

Por ella también los hijos de Troya vinieron a ser latinos. Ella fue quien desposó a su hijo con la doncella de Laurento de donde los Ramnes y Quirites han salido y después la madre de Rómulo hasta llegar a César. Por ella salió del templo la virgen casta para ser de Marte y las bodas entre gente de Roma y de Sabinia ella las hizo. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.


La voluptuosidad se agita fecunda por los campos. Los campos se estremecen con la planta de Venus; y del mismo Amor, nacido de Dione, se dice que es hijo del campo. El campo lo engendraría pero ella lo recibió en su seno y enseñada por las flores supo hacerlo crecer con delicados besos. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.

¡Ea!, ya bajo los arbustos los toros enseñan sus dorsos. Cada uno parece escondido por convenio conyugal. Bajo la sombra, con sus machos, oíd cómo balan las ovejas. La diosa mandó a las aves que cantaran. Ya los cisnes juguetones llenan el estanque con sus roncos gritos y Filomela también canta bajo la sombra, para ti, pueblo de Tereo, para que sepas que una pasión puede ser melodiosa, y no digas que llora la suerte de su hermana con el marido cruel. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.

Ella canta y yo me callo. ¿Mi primavera vendrá algún día? ¿Cuándo seré como la golondrina y volveré a cantar? Por haber callado tanto murió mi Musa y Apolo me olvidó. Así también cuando callaron los habitantes de Amiclas, esta se perdió para siempre. Ame mañana el que jamás ha amado, y el que ha amado ame mañana.



[1] Mariano Silva y Aceves, Un reino lejano. Narraciones, crónicas, poemas. FCE.

[2] La nave, mayo de 1916.

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Los verdaderos acontecimientos de Cananea.

24 jul 2010

De Leopoldo Rodríguez Calderón (1870-1933).*


Como pasa siempre, la diferencia entre los jornales y las prerrogativas de que gozan los extranjeros y principalmente los americanos, en cualquier negociación del país, fue la causa del disgusto entre los mineros mexicanos de Cananea para declararse en huelga. Solicitaron éstos de Mr. Greene, Presidente de la Compañía Principal del Mineral, que se les redujera a 8 horas el tiempo diario de trabajo, que se les pagara $5.00 como se les paga a los mineros americanos y se cambiaran algunos de los capataces americanos, que por su odio al pueblo mexicano, trataban de una manera muy dura a los pobres trabajadores que dependían de su mando. Mr. Greene contestó que no podía acceder a la solicitud elevada [...]

De una manera pacífica, y creyendo de buena fe que la conducta que observaran obligaría a la Compañía a mejorar su situación, los mineros determinaron declararse en huelga [...] Así las cosas, llegó la noche del día 31 de mayo y en uno de los cambios de operarios y mineros de esa noche, se declaró la huelga como iniciada, negándose los entrantes a cubrir las vacantes que dejaban en las minas y talleres los trabajadores salientes. Poco a poco se fueron reuniendo todos los trabajadores y ya en las primeras horas de la mañana del día 1º de junio, recorrían los talleres y minas un número no menor de dos mil trabajadores. Toda la mañana la emplearon en recorrer los diversos departamentos de la negociación sacando a todos los trabajadores mexicanos que se unían al grueso de los huelguistas, quienes iban encabezados por un grupo de obreros de mayor categoría, los que llevaban dos banderas, una con los colores nacionales de pequeñas dimensiones, y otra blanca con dos inscripciones; una de ellas decía: cinco pesos, y la otra por el reverso del género: ocho horas.

Serían las 3:30 de la tarde, cuando se supo que el grupo de huelguistas [...] se dirigían a la maderería para sacar de ahí a los trabajadores mexicanos [...] los huelguistas [hicieron] alto a unos 50 metros de la puerta principal y acercándose unos cuantos que portaban las banderas antes descritas, quisieron hablar con los Sres. Metcalf, jefes de la maderería, para que se les permitiera sacar a los trabajadores mexicanos. El Sr. Metcalf contestó que no les abría nada y que se los iba a quitar de encima echándoles agua con una de las grandes mangueras que a la mano tenía, [los] trabajadores que estaban a corta distancia, se acercaron al edificio y solicitaron a gritos que saliese ese "gringo" que había mojado las banderas y empezaron a arrojar piedras al departamento superior de donde había salido el agua. La respuesta fue una detonación cuya bala hizo blanco en uno de tantos, rodando ensangrentado por el suelo. Al ver rodar por el suelo a uno de sus compañeros y no teniendo absolutamente ninguna arma para repeler la agresión del Sr. Metcalf, los demás arrojaron una lluvia de piedras sobre el edifico, tocándole una en la cara al Sr. Metcalf, quien [...] al caer [...] empuñaba un rifle calibre 30.40 marca Winchester y cruzaban su pecho dos cartucheras repletas de tiros. Sentado y con una pierna cruzada disparó otro de sus tiros matando a otro de los huelguistas, y entonces un grupo de ellos se precipitó sobre él arrojándole sun sinnúmero de piedras. Pudo levantarse el Sr. Metcalf e internándose por uno de los pasillos de la maderería corrió a ocultarse, pero fue perseguido y muerto a pedradas [...] El otro de los tres Metcalf, llamado Guillermo, armado de otro rifle igual al de su hermano [...] disparó varios tiros sobre la multitud, la que ebria de venganza lo persiguió como 600 metros de distancia, donde cuatro jóvenes huelguistas lucharon con él, quien mató a tres, hirió al último en un dedo y pereció a manos de éste de uno o dos tiros de su misma arma [...]


El día 2 por la mañana se reunían en las esquinas de las calles grupos de ciudadanos con el objeto de recojer las últimas noticias y todo el mundo se sentía molesto e indignado al ver que constantemente eran encarcelados grupos de huelguistas que se atrevían a manifestar su descontento, sin molestar en nada a los americanos. A las nueve de la mañana corrió por todos los ámbitos de la ciudad la noticia de que el Sr. Izábal, gobernador del estado, llegaría en tren especial y con fuerzas mexicanas para desarmar a tanto americano que de una manera provocativa recorría [la población] en grupos de tres y más, armados de rifles y con una o dos cananas de tiros cruzadas en el pecho [...] Llegó el tren formado de seis carros de pasajeros y al apearse el señor gobernador comenzaron a oírse hurras y gritos de entusiasmo de los americanos, pues los cinco carros restantes venían repletos de americanos, todos armados, encontrándose entre ellos 275 soldados de las fuerzas rurales del distrito de Arizona al mando del coronel Rinning.


Es imposible estampar en letras de molde el profundo sentimiento que experimentaron los ciudadanos honrados y amantes de su patria al ver hollado el territorio nacional por fuerzas americanas. Todo el mundo, con la protesta en los labios y con la tristeza en el corazón por verse inermes delante de tanto americano armado y siendo moralmente jefe de ellos un grupo de mexicanos prominentes de la ciudad y el gobernador mismo del estado [...]


El día 3 por la mañana llegaron [...] el señor general Luis E. Torres jefe de la 1a zona militar, acompañado de su Estado Mayor, y desde luego se tranquilizó todo, volviendo paulatinamente los mineros y trabajadores a sus respectivos empleos sin haber obtenido absolutamente ninguna de las prerrogativas que solicitaron, obligados por la necesidad de recursos y acobardados por la presión moral que ejerció desde un principio el gobierno del estado sobre las masas, pues las cárceles estaban llenas de los obreros que hicieron alguna petición pública en los dos memorables días [...]

La muerte de veintiocho mexicanos, la mayor parte padres de numerosas familias, no trajo ninguna responsabilidad a tanto americano muy conocido en Cananea que disparó sobre ellos [...] pero en cambio, muchos de los mexicanos están todavía encerrados en las cárceles de la ciudad [...] Tal ha sido a grandes rasgos, la relación de los verídicos acontecimientos sucedidos en Cananea los días 1 y 2 del mes de junio próximo pasado.






*Javier Garciadiego, Introducción histórica a la Revolución mexicana. Apéndice documental.

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La desgracia de ser feo, confesiones.

18 jul 2010

"Ningún ser puede amarme, porque nada hay en mí de simpático ni de dulce", sentencia en la Clemencia de Altamirano el epígrafe de Hoffmann.

Altamirano parece transmitir continuamente en alguno de sus personajes, siempre los más gloriosos -ya Fernando Valle, ya Nicolás-, las propias penas que debió experimentar el joven Altamirano que de tipo indígena no poseía ni la gracia ni las cualidades del Efebo.


Dice de Fernando Valle que "este joven tenía aspecto repugnante y, en efecto, era antipático para todo el mundo" pese a sus múltiples cualidades que pasaban a segundo término bajo la siempre superficial mirada - ¿no está limitado el ojo a observar las puras superficies?- de sus iguales.

En esto Altamirano coincide con Papini, el cual nos deja un párrafo de sus confesiones ciertamente doloroso[1]: "Yo era feo y estaba mal vestido. Con el rostro pálido tenía el aspecto severo del descontento: sentía que nadie me amaba y que nadie podía amarme. El que me miraba, me despreciaba al pasar con todo su ser; algunos se daban vuelta para echar un vistazo al solitario que acababa de desaparecer y se burlaban. Las jóvenes hermosas, sobre todo, de trajes blancos y rojos, de rostro moreno y dientes brillantes, eran especialmente las más crueles: a menudo yo escuchaba a mis espaldas sus risas sonoras. Tal vez no era de mí de quien reían; pero en esos momentos yo estaba seguro y lo sufría."[2]

Hojas más adelante Papini narra cómo se erguía sabedor de su genio[3], "levantaba la cabeza, mi pecho se dilataba y mis ojos miraban con odio y con orgullo los rostros que desfilaban a mi lado. Me sentía otro hombre y quizá en ese momento llegaba a parecer hermoso".

También en esto Papini coincide con los personajes de Altamirano y el propio Altamirano, que ante todo se conservan siempre dignos.


Adenda: Quizá la entrada nace con la identificación, y la intención de externación de las propias desgracias.



[1] Paráfrasis de Aníbal Ponce (sobre Papini).

[2] Giovanni Papini,
Un hombre acabado.

[3] "Soy pequeño, feo y pobre, pero tengo un alma, y esa alma lanzará tales gritos que todo el mundo tendrá que mirarme y escucharme. Yo haré, crearé, seré más grande que los grandes, mientras los demás continuarán comiendo, durmiendo, paseándose como hoy... Cuando yo pase, en cambio, todos me contemplarán, las hermosas tendrán una mirada para mí, las jóvenes burlonas me tomarán las manos, y los hombres serios se descubrirán respetuosamente, teniendo muy en alto su sombrero, cuando sea yo el que pase, yo el grande hombre, el genio, el héroe." Idem.



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